
Cuando una empresa empieza a valorar una solución de IA, la primera conversación no suele girar alrededor de la tecnología.
Gira alrededor de las dudas.
¿Qué parte de mi proceso va a cambiar? ¿Qué voy a conseguir realmente? ¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto tiempo puede ahorrarme? ¿Qué ocurre si no funciona como esperaba? ¿Quién me ayudará a ponerla en marcha? ¿Y qué pasa después?
Son preguntas bastante más importantes que saber qué tecnología hay detrás.
Porque incorporar IA no consiste simplemente en añadir una herramienta al negocio. Antes de llegar ahí, hay que entender qué problema se quiere resolver, qué tendría que cambiar y qué tendría que aportar la solución para que la decisión tenga sentido.
Esta puede ser una de las primeras preguntas que aparecen.
Una empresa necesita saber dónde va a intervenir exactamente la solución. Si va a encargarse de una tarea que actualmente se realiza de forma manual, si va a mejorar la atención, facilitar la captación y el seguimiento, ayudar a gestionar información o intervenir en algún otro punto del proceso.
Cuanto más concreta sea la respuesta, más fácil resulta entender qué se está incorporando realmente al negocio.
Porque decir “vamos a utilizar IA” explica muy poco.
Explicar qué proceso cambia explica mucho más.
Y también permite detectar algo importante: si realmente existe un problema que merece la pena resolver o si simplemente se está intentando incorporar una tecnología porque parece que todo el mundo está hablando de ella.
Después aparece una pregunta todavía más directa: ¿qué cambia para el negocio?
Una solución puede ayudar a reducir tareas repetitivas, facilitar determinadas gestiones, mejorar los tiempos de respuesta, apoyar un proceso comercial o permitir que un equipo dedique más tiempo a otras actividades.
Pero no todos los negocios buscan lo mismo.
Por eso, el valor de una solución no debería medirse únicamente por lo que es capaz de hacer, sino por lo que puede cambiar en una situación concreta.
Una misma tecnología puede tener aplicaciones completamente diferentes dependiendo del negocio, de sus procesos y del problema que se quiera resolver.
La cuestión no es únicamente qué puede hacer la IA.
Es qué puede hacer por ese negocio.
La inversión también necesita contexto.
Conocer el precio de una solución es importante, pero no siempre es suficiente para entender la inversión completa.
Puede haber una implementación inicial, personalización, mantenimiento, soporte, formación o determinados servicios asociados a su puesta en funcionamiento.
Por eso, la conversación debería ir un poco más allá de una cifra.
¿Qué incluye? ¿Qué se está implementando? ¿Qué necesita el negocio para utilizarlo correctamente? ¿Qué ocurrirá después?
Una solución puede tener un coste perfectamente asumible y, aun así, no tener sentido si no responde a una necesidad real.
Y también puede ocurrir lo contrario: que una inversión tenga sentido cuando existe un problema suficientemente relevante y una expectativa razonable de mejorar ese proceso.
Esta pregunta aparece especialmente cuando hablamos de automatización.
¿Cuántas horas se dedican actualmente a una determinada tarea? ¿Cuántas personas intervienen? ¿Qué parte del proceso podría automatizarse? ¿Qué podrían hacer esas personas con el tiempo que dejan de dedicar a ese trabajo?
El tiempo liberado no es automáticamente un beneficio económico.
Su valor depende de qué se haga después con él.
Si permite que un equipo se concentre en tareas de mayor valor, atender más oportunidades, mejorar la relación con sus clientes o dedicar recursos a actividades que antes quedaban relegadas, entonces ese tiempo empieza a tener una dimensión diferente.
La automatización no debería medirse únicamente por cuánto trabajo elimina.
También por qué permite hacer con el tiempo que libera.
No todo se mide en horas.
También existen oportunidades que se pierden porque una consulta no recibe respuesta a tiempo, porque un contacto no recibe seguimiento, porque una tarea se queda pendiente o porque determinados procesos simplemente no pueden realizarse con la frecuencia necesaria.
En esos casos, una solución puede ayudar a recuperar oportunidades que antes quedaban fuera del proceso.
Puede ser una respuesta más rápida, un seguimiento que antes no se hacía, una atención disponible durante más tiempo o una gestión más ordenada de determinadas interacciones.
Aquí la conversación vuelve a ser empresarial.
No se trata solamente de automatizar.
Se trata de preguntarse qué ocurre con aquello que antes no se podía atender.
Quizá esta sea la pregunta que reúne todas las anteriores.
Una empresa necesita poder imaginar qué tendría que cambiar para considerar que la decisión ha merecido la pena.
Puede ser ahorrar determinadas horas al mes, mejorar un proceso, atender más solicitudes, recuperar oportunidades, reducir una carga de trabajo o liberar al equipo para otras actividades.
No existe una única respuesta.
Depende del negocio, del problema y del objetivo que se quiera conseguir.
Lo importante es definirlo antes de implementar la solución, no después.
Porque si no sabemos qué esperamos que cambie, resulta mucho más difícil saber si la solución está funcionando.
Aquí aparece una pregunta que puede quedar fuera de las primeras conversaciones.
Una solución puede estar correctamente implementada y, aun así, necesitar acompañamiento.
Las personas que van a utilizarla pueden tener dudas. El proceso puede necesitar ajustes. El negocio puede descubrir nuevas necesidades después de empezar a utilizarla.
Por eso, la implementación no debería entenderse necesariamente como el final.
El acompañamiento puede ser una parte importante de la propia solución.
Incorporar una solución también significa incorporarla a una forma de trabajar.
Y para eso puede ser necesaria formación.
No únicamente para aprender a utilizar una herramienta, sino para entender cómo encaja dentro del día a día, qué puede hacer, qué no puede hacer y cómo deberían utilizarla las personas que van a trabajar con ella.
También aparece el soporte.
¿Qué ocurre cuando surge una duda? ¿A quién se puede acudir si algo no funciona como debería? ¿Qué sucede cuando aparece una necesidad que no estaba contemplada inicialmente?
Y está el mantenimiento.
Los procesos cambian. Las necesidades evolucionan. Las soluciones pueden requerir ajustes.
Por eso, pensar en IA no debería significar solamente pensar en la implementación inicial. También hay que pensar en todo lo que sucede después.
Todas estas preguntas tienen algo en común.
Ninguna necesita empezar hablando de tecnología.
Empiezan hablando del negocio.
De un proceso que consume demasiado tiempo. De una oportunidad que se está perdiendo. De una tarea que podría hacerse de otra manera. De un equipo que necesita liberar recursos. De una experiencia que podría mejorar.
A partir de ahí puede aparecer una solución de IA.
Y quizá esa sea una de las claves para que estas conversaciones sean realmente útiles: que la tecnología llegue como respuesta a una necesidad y no como punto de partida.
Una empresa no tiene por qué conocer todas las soluciones disponibles ni saber qué tipo de tecnología necesita.
Pero sí debería poder hacer preguntas.
Y quien ofrece estas soluciones debería estar preparado para responderlas de una manera que tenga sentido para el negocio, no únicamente desde la parte técnica.
Porque entre “quiero incorporar IA” y “esto tiene sentido para mi empresa” existe todo un recorrido.
Entender el problema.
Encontrar dónde puede aportar valor.
Definir una solución.
Comprender la inversión.
Ponerla en marcha.
Formar a quienes van a utilizarla.
Acompañar su adopción.
Y seguir dando soporte cuando ya está funcionando.
Ahí es donde una conversación sobre IA deja de ser una conversación sobre tecnología y empieza a convertirse en una conversación sobre negocio.
Y quizá las preguntas que aparecen antes de implementar una solución sean, precisamente, las que más pueden ayudar a decidir si realmente merece la pena incorporarla.
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